jueves, 11 de junio de 2009

Una cosa así no puede ser inventada...

Al fin y al cabo puede que la realidad no sea otra cosa que esa sala de torturas que nunca se apaga, cerremos o no los ojos.









"Por la noche vino a casa la mujer del eczema purulento y nos contó una historia triste: hoy fue hasta la Lützowplatz para ver a su jefe, abogado, a quien ella escribía los expedientes desde hacía muchos años. Este abogado, como se había casado con una judía y no quiso divorciarse las pasó canutas durante el Tercer Reich, especialmente los últimos años, en los que a duras penas se podía ganar la vida. Desde hacía meses, la pareja estaba ilusionada con la liberación de Berlín. Se pasaban las noches enteras escuchando emisoras de radio extranjeras. Cuando entraron los primeros rusos en el refugio buscando mujeres, hubo algunos forcejeos y disparos. Uno de los disparos rebotó en el muro y le dio al abogado en la cadera. Su esposa se echó en brazos de los rusos suplicándoles auxilio en alemán. La sacaron a rastras al pasillo. Tres tíos encima. Mientras, ella aullaba a pleno pulmón: ‹‹Soy judía, pero si soy judía.›› Entretanto, el marido se iba desangrando. Lo enterraron en el jardín de delante de la casa. La mujer se marchó aquel día. Nadie sabe adónde. Me sobreviene un sudor frío cuando escribo estas líneas. Una cosa así no puede ser inventada. Es la crueldad extrema de la vida, el ciego azar. La mujer del eczema lloraba. Sus lágrimas se quedaban colgando del eczema. Dijo: ‹‹Ojalá se hubiera acabado ya esta miserable vida.››"



Anónima
Una mujer en Berlín