viernes, 12 de junio de 2009

Una cosa así no puede ser inventada...

Al fin y al cabo puede que la realidad no sea otra cosa que esa sala de torturas que nunca se apaga, cerremos o no los ojos.









"Por la noche vino a casa la mujer del eczema purulento y nos contó una historia triste: hoy fue hasta la Lützowplatz para ver a su jefe, abogado, a quien ella escribía los expedientes desde hacía muchos años. Este abogado, como se había casado con una judía y no quiso divorciarse las pasó canutas durante el Tercer Reich, especialmente los últimos años, en los que a duras penas se podía ganar la vida. Desde hacía meses, la pareja estaba ilusionada con la liberación de Berlín. Se pasaban las noches enteras escuchando emisoras de radio extranjeras. Cuando entraron los primeros rusos en el refugio buscando mujeres, hubo algunos forcejeos y disparos. Uno de los disparos rebotó en el muro y le dio al abogado en la cadera. Su esposa se echó en brazos de los rusos suplicándoles auxilio en alemán. La sacaron a rastras al pasillo. Tres tíos encima. Mientras, ella aullaba a pleno pulmón: ‹‹Soy judía, pero si soy judía.›› Entretanto, el marido se iba desangrando. Lo enterraron en el jardín de delante de la casa. La mujer se marchó aquel día. Nadie sabe adónde. Me sobreviene un sudor frío cuando escribo estas líneas. Una cosa así no puede ser inventada. Es la crueldad extrema de la vida, el ciego azar. La mujer del eczema lloraba. Sus lágrimas se quedaban colgando del eczema. Dijo: ‹‹Ojalá se hubiera acabado ya esta miserable vida.››"



Anónima
Una mujer en Berlín



miércoles, 3 de junio de 2009

Operación Santorini: brutalidad del héroe intachable

Siempre resulta curioso confirmar el tópico de que la Historia la escriben los vencedores, aunque de vez en cuando haya también quien esté dispuesto a contravenirlo haciendo honor a la verdad, por incómoda que ésta pueda ser para la versión oficial.





"Debo dejar constancia también de otra cuestión relacionada con esta expedición, aunque sólo sea para completar el relato con fidelidad. Tiene que ver con Anders (Andy) Lassen, el brillante oficial del SBS danés al mando del grupo de asalto. Había ingresado en el ejército británico, era ya legendario por su coraje y muy condecorado, y pronto moriría en Italia en acto de servicio, en una operación que le valió una Cruz Victoria póstuma. Era una de esas personas audaces y, en ocasiones, también implacables, un berserker potencial. Una verdadera figura heroica en un sentido homérico; con la mera fuerza de su personalidad conseguiría a menudo que griegos sin educación le entendieran, a pesar de no hablar más que unas pocas palabras de su idioma. Esto fue algo que me impactó mucho durante las horas que compartí con él. Era alto y rubio, y de aspecto intrépido, pero la ocupación nazi de Dinamarca le había desequilibrado en ciertos aspectos. Así, cuando él y su sargento se infiltraron en los barracones que los alemanes y los italianos tenían a las afueras de Fira, un par de noches antes, Lassen ordenó a su acompañante que despertara a los soldados enemigos antes de degollarlos, para que fueran conscientes de lo que les estaba ocurriendo. El sargento se negó. En aquel entonces no se dijo nada, pero cuando me reuní con el grupo de asalto en el monasterio de Perissa, Lassen insistía en presentar cargos contra el sargento por haber desobedecido sus órdenes. Los demás oficiales habían intentado disuadirle sin demasiado éxito. Él me comentó el incidente en cierta medida la tarde que pasamos juntos; obviamente, yo también le aconsejé que se relajara, que el sargento había hecho lo correcto. Al final se relajó, o cuando menos no presentó cargos contra él, pero el incidente me recordó que la guerra no era sino un negocio sucio".