viernes, 19 de agosto de 2011

La estrecha memoria







"Con todo esto lo que quiero decirte es que yo ya estaba harto de tanta caja, y estaba deseando salir de allí. Y llego a Argonne. El teniente comandante de la compañía me informa sobre el sector sobre el mapa: 'la de aquí es una trinchera que es de todos y de nadie. Ni la ocupamos nostros, ni la ocupan ellos. Está cortado el paso con caballos de frisia'. Aquella noche, después de cenar, me fui a dar una vuelta por allí, a tomar el fresco y empezar a tomar contacto. ¡Estaba tan oscuro! A unos pasos de la trinchera famosa, me doy de bruces con un tipo alto. Era lo último que esperaba: yo disparé primero, pero así como así, sin querer. El tipo cae, y yo me digo: 'Es imposible, debe estar fingiendo. ¡No puede ser tan fácil matar a un hombre!' Le di una patada en el culo, le puse el cañón del revólver en la nuca. No se movió. ¡Estaba bien muerto!... Lo que más me sorprendió es que fuera tan rápido. Había sido como soplar, y ya estaba... ¡Eso sí, todos los que han venido después me lo han puesto más difícil!...

—Yo no tengo claro cuándo comencé —dice el corpulento sangento de las pecas—. Fue durante el ataque a la cota del Poivre, en el 16... Hasta aquel momento, yo había hecho como los demás: nunca me había preguntado si llegaría a matar a alguien.. Aquella mañana habían matado a mi hermano, un crío de la promoción del 15, justo a mi lado... Una bala en el ojo izquierdo... Cogí dos morrales llenos de granadas, y las fui lanzando a una de sus zanjas. Oía cómo aullaban. Querían salir de allí, y yo les iba enviando al fondo a bombazos. Estuve tirando hasta que ya no se oyó nada más... Debían ser por lo menos veinte, todos juntos en aquella zanja enorme...

—Bueno —les digo—, yo ya he tenido bastante.

Llegado este punto, Conan ya está muy acalorado. Bebe un trago de aguardiente:

—Sí... Hasta la próxima. Porque estoy seguro de que habrá una próxima...

Y como yo se lo discuto, me contesta:

—Tú eres como esos que el día del entierro juran a la puerta del cementerio que unnca olvidarán al muerto. Harás como todos, olvidarás. Ya has empezado a olvidar... Yo me lo he solido decir a menudo: los que están realmente hartos, hartos de verdad, para siempre, bien hartos, son los muertos..."




Roger Vercel
Capitán Conan








martes, 16 de agosto de 2011

Suicidio en las trincheras





Conocí a un soldado raso
que sonreía a la vida con alegría hueca,
dormía profundamente en la oscuridad solitaria
y silbaba temprano con la alondra.

En trincheras invernales, intimidado y triste,
con bombas y piojos y ron ausente,
se metió una bala en la sien.
Nadie volvió a hablar de él.

Vosotros, masas ceñudas de ojos incendiados
que vitoreáis cuando desfilan los soldados,
id a casa y rezad para no saber jamás
al infierno al que la juvetud y la risa van.



Siegfried Sassoon (en versión de Eva Gallud Jurado)
"Suicidio en las trincheras", del poemario Contraataque


domingo, 14 de agosto de 2011

Un trabajo bien hecho





"En Battipaglia todo era cambio, lo que permitía un estudio directo de los efectos del bombardeo de saturación ordenado por el general Clark. El general se ha convertido en el ángel exterminador de Italia meridional, proclive al pánico, como en Paestum, y luego a la reacción violenta y vengativa, que provocó el sacrificio del pueblo de Altavilla, que el bombardeo borró de la existencia porque tal vez hubiera alemanes. Aquí hemos convertido Battipaglia en un Guernica italiano, una ciudad reducida a un montón de ruinas en cuestión de segundos. Un anciano que se acercó a pedir me dijo que casi no había quedado nadie con vida y que los cadáveres seguían aún bajo los escombros. Era muy verosímil, por el hedor y por los enjambres de moscas que entraban de los agujeros del suelo como una humareda oscura. No habían hecho nada por despejar las calles de los restos del victorioso ataque. Hasta tal punto que mientras permanecía junto al camión conversando con el anciano noté algo irregular bajo los pies; me eché a un lado y al mirar comprobé que lo que a primera vista me había parecido un montón de arpillera, en realidad era el cuerpo carbonizado y aplastado de un soldado alemán".


martes, 17 de noviembre de 2009

La última cabezada, Cherburgo '44





Un rincón de verdor en donde un arroyo canta a lo loco
colgando lateados jirones en las hierbas;
donde reluce el sol desde la altiva
montaña: un vallecico
que hace espuma radiante.

Un soldadito boquiabierto y descubierto duerme
con la nuca bañada por los berros azules
y frescos; extendido en la hierba
bajo las nubes, pálido en su lecho verdoso,
donde llueve la luz.

Con los pies en los lirios duerme, sonriendo como
un niño enfermo sonreiría; está
echando un sueño: acúnale cálidamente,
Naturaleza: tiene frío.

Los perfumes no estremecen ya su olfato,
Tranquilamente duerme al sol, sobre su pecho
tiene una mano. Tiene
dos orificios rojos en el lado derecho.



Arthur Rimbaud (en versión de Aníbal Núñez)
El durmiente del valle



lunes, 5 de octubre de 2009

Héroes de cartón piedra





"—Todos los veteranos de las películas son de nuestra edad o incluso mayores —me dijo. Era cierto. En las películas, rara vez se veía a los bebés que habían luchado en las batallas más duras de la guerra.

—Sí —le dije—, y la mayoría de los actores de esas películas nunca han estado en una guerra. Regresaban a sus casas, donde les esperaban sus esposas y sus hijos y sus piscinas, después de una jornada agotadora frente a las cámaras, después de disparar cartuchos de fogueo mientras a su alrededor otros hombres escupían ketchup.

—Eso es lo que los jóvenes pensarán que fue nuestra guerra dentro de cincuenta años —dijo Kitchen—: viejos, fogueo y ketchup. —Efectivamente. Eso es lo que piensan.

—Gracias a las películas —predijo—, nadie creerá que eran bebés los que luchaban".




Kurt Vonnegut
Barbazul



lunes, 24 de agosto de 2009

Panzer Generation




"Fue tres años antes de la guerra cuando vi por primera vez, de repente y muy de cerca, a los alemanes hitlerianos. En uno de los pabellones apareció una bandera roja con una esvástica, y dentro había una exposición especial de máquinas interesantes, tanques a medio camino entre los juguetes y los modelos reales, fieles réplicas, acorazados de camuflaje, pistas, torreones y el armamento al completo. Llevaban pintado el emblema Wehrmacht con orgullo, en miniatura, y al poco tiempo lo vi a tamaño real, en las planchas de acero de los tanques Mark IV. Pero por aquel entonces sólo eran juguetes, y aunque sabía muy poco sobre los nazis, en aquellos juguetes que me deleitaban la vista había algo descomunal, siniestro, a pesar de que la reducción de la escala pretendiera reflejar sólo inocencia. Los bellos tanques tenían algo que los hacía repugnantes, como si no fueran sólo tanques, como si algo estuvieran incubando o creciendo en su interior. Aun así no estoy seguro. Los acontecimientos posteriores pueden haber arrojado retrospectivamente una luz como de anuncio de tormenta, colocando un deje de maldad en lo que era algo sólo infantil".




Stanislaw Lem
El castillo alto







jueves, 11 de junio de 2009

Una cosa así no puede ser inventada...

Al fin y al cabo puede que la realidad no sea otra cosa que esa sala de torturas que nunca se apaga, cerremos o no los ojos.









"Por la noche vino a casa la mujer del eczema purulento y nos contó una historia triste: hoy fue hasta la Lützowplatz para ver a su jefe, abogado, a quien ella escribía los expedientes desde hacía muchos años. Este abogado, como se había casado con una judía y no quiso divorciarse las pasó canutas durante el Tercer Reich, especialmente los últimos años, en los que a duras penas se podía ganar la vida. Desde hacía meses, la pareja estaba ilusionada con la liberación de Berlín. Se pasaban las noches enteras escuchando emisoras de radio extranjeras. Cuando entraron los primeros rusos en el refugio buscando mujeres, hubo algunos forcejeos y disparos. Uno de los disparos rebotó en el muro y le dio al abogado en la cadera. Su esposa se echó en brazos de los rusos suplicándoles auxilio en alemán. La sacaron a rastras al pasillo. Tres tíos encima. Mientras, ella aullaba a pleno pulmón: ‹‹Soy judía, pero si soy judía.›› Entretanto, el marido se iba desangrando. Lo enterraron en el jardín de delante de la casa. La mujer se marchó aquel día. Nadie sabe adónde. Me sobreviene un sudor frío cuando escribo estas líneas. Una cosa así no puede ser inventada. Es la crueldad extrema de la vida, el ciego azar. La mujer del eczema lloraba. Sus lágrimas se quedaban colgando del eczema. Dijo: ‹‹Ojalá se hubiera acabado ya esta miserable vida.››"



Anónima
Una mujer en Berlín