miércoles, 18 de noviembre de 2009

La última cabezada, Cherburgo '44

Un rincón de verdor en donde un arroyo canta a lo loco colgando lateados jirones en las hierbas; donde reluce el sol desde la altiva
montaña: un vallecico
que hace espuma radiante. Un soldadito boquiabierto y descubierto duerme con la nuca bañada por los berros azules
y frescos; extendido en la hierba bajo las nubes, pálido en su lecho verdoso,
donde llueve la luz. Con los pies en los lirios duerme, sonriendo como un niño enfermo sonreiría; está
echando un sueño: acúnale cálidamente, Naturaleza: tiene frío. Los perfumes no estremecen ya su olfato, Tranquilamente duerme al sol, sobre su pecho
tiene una mano. Tiene
dos orificios rojos en el lado derecho.
Arthur Rimbaud (en versión de Aníbal Núñez) El durmiente del valle
 
 

 

martes, 6 de octubre de 2009

Héroes de cartón piedra

 
 
 

"—Todos los veteranos de las películas son de nuestra edad o incluso mayores —me dijo. Era cierto. En las películas, rara vez se veía a los bebés que habían luchado en las batallas más duras de la guerra.
—Sí —le dije—, y la mayoría de los actores de esas películas nunca han estado en una guerra. Regresaban a sus casas, donde les esperaban sus esposas y sus hijos y sus piscinas, después de una jornada agotadora frente a las cámaras, después de disparar cartuchos de fogueo mientras a su alrededor otros hombres escupían ketchup.
—Eso es lo que los jóvenes pensarán que fue nuestra guerra dentro de cincuenta años —dijo Kitchen—: viejos, fogueo y ketchup. —Efectivamente. Eso es lo que piensan.
—Gracias a las películas —predijo—, nadie creerá que eran bebés los que luchaban".
Kurt Vonnegut Barbazul
 


lunes, 24 de agosto de 2009

Panzer Generation




"Fue tres años antes de la guerra cuando vi por primera vez, de repente y muy de cerca, a los alemanes hitlerianos. En uno de los pabellones apareció una bandera roja con una esvástica, y dentro había una exposición especial de máquinas interesantes, tanques a medio camino entre los juguetes y los modelos reales, fieles réplicas, acorazados de camuflaje, pistas, torreones y el armamento al completo. Llevaban pintado el emblema Wehrmacht con orgullo, en miniatura, y al poco tiempo lo vi a tamaño real, en las planchas de acero de los tanques Mark IV. Pero por aquel entonces sólo eran juguetes, y aunque sabía muy poco sobre los nazis, en aquellos juguetes que me deleitaban la vista había algo descomunal, siniestro, a pesar de que la reducción de la escala pretendiera reflejar sólo inocencia. Los bellos tanques tenían algo que los hacía repugnantes, como si no fueran sólo tanques, como si algo estuvieran incubando o creciendo en su interior. Aun así no estoy seguro. Los acontecimientos posteriores pueden haber arrojado retrospectivamente una luz como de anuncio de tormenta, colocando un deje de maldad en lo que era algo sólo infantil".




Stanislaw Lem
El castillo alto







viernes, 12 de junio de 2009

Una cosa así no puede ser inventada...

Al fin y al cabo puede que la realidad no sea otra cosa que esa sala de torturas que nunca se apaga, cerremos o no los ojos.









"Por la noche vino a casa la mujer del eczema purulento y nos contó una historia triste: hoy fue hasta la Lützowplatz para ver a su jefe, abogado, a quien ella escribía los expedientes desde hacía muchos años. Este abogado, como se había casado con una judía y no quiso divorciarse las pasó canutas durante el Tercer Reich, especialmente los últimos años, en los que a duras penas se podía ganar la vida. Desde hacía meses, la pareja estaba ilusionada con la liberación de Berlín. Se pasaban las noches enteras escuchando emisoras de radio extranjeras. Cuando entraron los primeros rusos en el refugio buscando mujeres, hubo algunos forcejeos y disparos. Uno de los disparos rebotó en el muro y le dio al abogado en la cadera. Su esposa se echó en brazos de los rusos suplicándoles auxilio en alemán. La sacaron a rastras al pasillo. Tres tíos encima. Mientras, ella aullaba a pleno pulmón: ‹‹Soy judía, pero si soy judía.›› Entretanto, el marido se iba desangrando. Lo enterraron en el jardín de delante de la casa. La mujer se marchó aquel día. Nadie sabe adónde. Me sobreviene un sudor frío cuando escribo estas líneas. Una cosa así no puede ser inventada. Es la crueldad extrema de la vida, el ciego azar. La mujer del eczema lloraba. Sus lágrimas se quedaban colgando del eczema. Dijo: ‹‹Ojalá se hubiera acabado ya esta miserable vida.››"



Anónima
Una mujer en Berlín



miércoles, 3 de junio de 2009

Operación Santorini: brutalidad del héroe intachable

Siempre resulta curioso confirmar el tópico de que la Historia la escriben los vencedores, aunque de vez en cuando haya también quien esté dispuesto a contravenirlo haciendo honor a la verdad, por incómoda que ésta pueda ser para la versión oficial.





"Debo dejar constancia también de otra cuestión relacionada con esta expedición, aunque sólo sea para completar el relato con fidelidad. Tiene que ver con Anders (Andy) Lassen, el brillante oficial del SBS danés al mando del grupo de asalto. Había ingresado en el ejército británico, era ya legendario por su coraje y muy condecorado, y pronto moriría en Italia en acto de servicio, en una operación que le valió una Cruz Victoria póstuma. Era una de esas personas audaces y, en ocasiones, también implacables, un berserker potencial. Una verdadera figura heroica en un sentido homérico; con la mera fuerza de su personalidad conseguiría a menudo que griegos sin educación le entendieran, a pesar de no hablar más que unas pocas palabras de su idioma. Esto fue algo que me impactó mucho durante las horas que compartí con él. Era alto y rubio, y de aspecto intrépido, pero la ocupación nazi de Dinamarca le había desequilibrado en ciertos aspectos. Así, cuando él y su sargento se infiltraron en los barracones que los alemanes y los italianos tenían a las afueras de Fira, un par de noches antes, Lassen ordenó a su acompañante que despertara a los soldados enemigos antes de degollarlos, para que fueran conscientes de lo que les estaba ocurriendo. El sargento se negó. En aquel entonces no se dijo nada, pero cuando me reuní con el grupo de asalto en el monasterio de Perissa, Lassen insistía en presentar cargos contra el sargento por haber desobedecido sus órdenes. Los demás oficiales habían intentado disuadirle sin demasiado éxito. Él me comentó el incidente en cierta medida la tarde que pasamos juntos; obviamente, yo también le aconsejé que se relajara, que el sargento había hecho lo correcto. Al final se relajó, o cuando menos no presentó cargos contra él, pero el incidente me recordó que la guerra no era sino un negocio sucio".